A estas alturas del partido, y con la que está cayendo, ayer nos dedicamos en este país a celebrar el octogésimo primer aniversario de la proclamación de la II República Española. Toma ya. Ochenta y un años hace ya. Ahí es ná. Y aquí seguimos, oiga, monárquicos perdíos unos, juancarlistas acérrimos otros, ácratas, nacionalistas, demócratas, constitucionalistas, independentistas, extremourbanos, yuppies trasnochados, hippies despistados, pasotas, lameculos, frikis variados, futboleros, culturetas, despistados y otras hierbas, cada uno a su aire, que conviven bajo la mierda que salió de la explosión de la burbuja inmobiliaria dichosa, pero que no renuncian a gastarse los cuartos en una celebración como Dios manda. Pues sólo faltaba. Que no me quiten las fiestas, que no sé lo que me hago, ¿eing?
Pues eso. Que el día 14 de abril celebramos que a los españoles se les puso en el mondongo proclamar una República que ni siquiera estaba avalada por unos resultados electorales decentes. En las ciudades grandes como Madrid y Barcelona y en las capitales de provincia, la mayoría se inclinó, aplastante, al lado de la República, mientras que en los municipios pequeños vencía la monarquía parlamentaria que Alfonso XIII quería instaurar tras la "Dictablanda" de Primo de Rivera, quedando más de la mitad de los votos sin determinar. Así las cosas, se "interpretó" que la República había vencido. Hale, toma ya. Como había mucho caciquismo en las localidades pequeñas, se consideró que los resultados estaban amañados, instauramos la República, aquí paz y después gloria, el rey que dice, yo me piro antes de que me echen, yo proclamo el nuevo gobierno un día antes, pues nosotros no vamos a ser menos. Venga, a formar gobierno, señores.
Total, para ocho años (casi) que duró el experimento. Pero no para ahí la cosa. Si es que los problemas empezaron ya en los primeros dos años. Que si ahora huelga, que si como te pases te mando a la Guardia Civil, que si comunismo libertario, que si tenemos que ser más moderados, que si qué mal me caen los del banco de enfrente, que si tú ganas y te alías con esos que me caen fatal, que si yo me enfado y te doy un golpe de estado, que si obreros, campesinos, mineros, no os paséis que os incendio el zulo viejo, que si no me dejas jugar con el cubito yo no te presto la palita... en fin, lo de siempre.
Y mira tú que tenían buenas ideas, ¿eh? Pero nada. Al final, como siempre, el caos. Hay que joderse. Al final tuvo que llegar el iluminado de turno a dar el golpe de estado definitivo y, como los responsables andaban -como siempre- en otros menesteres, les dieron p'al pelo. Bueno, a los responsables no, que trincaron lo que pudieron y se fueron largando y, con dos winflis, se montaron el gobierno en el exilio. Ante todo, no perder prebendas. Vaya, a mí que me sigan llamando Señor Ministro, aunque sea en México. Ahí queda eso.
Y otro sueño roto. Y otra vez los mismos de siempre a pagar. Y otra vez las ilusiones por los suelos a golpe de fusil y cárcel. Porque en este puñetero país no sabemos hacer las cosas de otra manera más que a palos. Con lo majos que somos, con el sol que tenemos, con lo buena que está la paella, coño. Pues nada, aquí se funciona a varazos. La letra con sangre no entra, pero a nosotros ni con sangre nos ha entrado esta letra. Por no tener letra, ni el Himno de Riego ni el actual la tienen.
Si es que no tenemos remedio... En fin, que aquí os dejo el Himno de Riego, por si os apetece poneros nostálgicos.
Salud, camaradas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario