sábado, 9 de febrero de 2013

Leviatán.

Un gran depredador ha surgido de la nada. Acecha entre las sombras y amenaza con devorar y destruir los últimos ejemplares de una especie. No es que sea su alimento favorito. Este depredador se nutre de cualquier cosa, no tiene preferencias, pero su comida favorita son los débiles. No es lo suficientemente ágil como para alcanzar a los más rápidos, ni fuerte para doblegar a los más orgullosos. Silencioso, paciente, espera a la consunción de los más indefensos para llevárselos por delante.

La nada de la que viene es más oscura que un agujero negro, más temible que aquellos monstruos surgidos de los cuentos que escuchábamos en las noches de difuntos, más terrible que la invasión narrada por Orson Welles. Y lo es porque nadie la esperaba. La Nada que Ende narraba es cien veces más amable que la que ha parido a la bestia que nos acecha, agazapada entre las sombras, desde un lugar del que todo el mundo habla, pero que nadie conoce. Es el octavo pasajero, que observa sigiloso y aprovecha cualquier signo de debilidad para lanzarse sobre su presa, envolviéndola en un poderoso maëlstrom que empuja a otro mayor aún, y a otro, y a otro... hasta que su objetivo queda atrapado en un laberinto lleno de trampas, agujeros y muros tapiados que no llevan a ningún sitio, un laberinto cuyos recodos cambiantes hacen que el más resistente hilo se rompa y e impida encontrar de nuevo la salida.

Y, al fin, contra la última pared sin salida, los afilados colmillos del engendro que surgió de la nada brillan en una oscuridad fangosa, porque sabe que la víctima ya no se defenderá: las fuerzas la han abandonado y su voluntad se ha vaciado, sabedora de que ya no puede luchar, resignada a un final que sólo será el principio de sus desgracias.

Digno de un relato de Poe, ¿no? Asusta, ¿verdad? Pues no hay que irse muy lejos para encontrar a este  moderno Leviatán. En la casa, en el portal, en la calle de al lado seguro que le vemos acechar al más indefenso, al más débil, al más lento, al más expuesto. ¿Y qué hacemos los demás para detener la masacre? Nada. Ésa es la nada de la que toma fuerzas la bestia para arrasar familias enteras, para llevarse por delante a los más desamparados.

Hasta ahora se había conformado con la raza humana que, mal que bien, es como la mala hierba: nunca muere por mucho que la fumiguen. Pero ahora no le basta y ha empezado a cebarse en los más desamparados: los animales. Ellos no entienden de crisis económica, ni de hipotecas, ni de llegar a fin de mes y, sin embargo, son los siguientes que sufrirán las consecuencias del engendro que los humanos hemos creado.

¿Seguiremos alimentando la nada que nutre al Leviatán?

El dueño de una reserva de burros lanza un SOS.

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