Ron, te seguimos echando de menos. Tú sigue cuidando del abuelo.
Ya me echabais de menos, ¿eh? Si es que no podéis vivir sin mí. Pero, aunque parezca mentira, el titulillo de esta entrada no tiene nada que ver conmigo y no, no temáis, no me voy a liar a poner citas de amores y desamores. Bueno, quizá de amores sí. Vosotros lo juzgaréis.
Dos personas han compartido hoy conmigo malas noticias. Igual a muchos de vosotros os parecen fruslerías. Pues lo serán, tampoco me va a preocupar a estas alturas lo que nadie piense de lo que pienso. Dos animalitos, dos mascotas, dos compañeros nos han abandonado o están a punto. Y lo que es peor, uno de ellos va a abandonar a su familia por medios no naturales. No se lo reprocho. En absoluto. No querría volver a verme yo en ese trance.
Sí, sí. Habéis leído bien. A su FAMILIA. Porque cuando una mascota entra en casa, sea perro, gato, canario, hámster o hurón, entra a formar parte de nosotros. Más que de nuestra familia, de nuestros corazones. Se hacen un hueco con su saber estar, con su saber hacer, con su alegría, con su generosidad, con su falta de rencor, con su paciencia, con su cariño... Todos saben cómo ganarnos la mano, mirándonos con esos ojillos/ojazos que nos dejan inermes e indefensos, por muy grande que haya sido la trastada que han hecho. Y lo consiguen porque no tienen maldad. Sus corazones no están contaminados por la avaricia, ni por la envidia, ni por las malas intenciones. Son inocentes. Inocentes, queridos, que no tontos, ojo.
Se pasa mal. Cuando a uno lo adopta una mascota (sí, no os equivoquéis, nos adoptan ellos y nos dejan vivir con ellos, porque son generosos), bueno, eso, cuando vemos a ese perrillo que nos mira como si fuéramos lo único por lo que merece la pena seguir adelante y nos lo llevamos a su casa, ellos comienzan a darnos más de lo que jamás podremos darles nosotros por muchos años que vivan. Siempre están esperándote, saben a qué hora llegas, se preocupan si tardas más de la cuenta, nos cuidan sin agobiarnos, nos quieren sin exigir, nos divierten sin hacer el ridículo, nos acompañan cuando nos sentimos solos... ¿Qué más podemos pedir?
La Iglesia Católica, Apostólica y Romana decía que los animales no tienen alma. De hecho, aunque Juan Pablo II aceptó que sí la tenían, especificó que se refería al alma en el sentido aristotélico de la palabra. Pues tendría razón el buen vicario de Cristo, pero no encuentro yo pasaje de la Biblia que dé a los hombres lo mismo que a los animales: los pájaros del campo ni siembran ni cosechan, pero no les falta alimento. Tomando nota, señores jefes de estado del estado del Vaticano ése.
En fin, que si los animales no van al cielo cuando se mueren, yo quiero ir donde vayan ellos. Insh'Allah.
No hay comentarios:
Publicar un comentario